miércoles, 17 de abril de 2013

Tomando Té, Disfrutando de las Flores



  “Charles Lamb, un devoto declarado del té, tocó la verdadera esencia del Arte del Té cuando escribió que el placer más grande que conocía era el realizar una buena acción a escondidas, y que ésta fuera descubierta por accidente. Porque el Arte del Té es el arte de esconder la belleza para que pueda ser encontrada, y de sugerir aquello que no es dado revelar. Es el noble secreto de reír de uno mismo, calmada pero profundamente, y se convierte entonces en el humor mismo, en la sonrisa de la filosofía. En este sentido, todo humorista genuino puede ser llamado un filósofo del té – Tackeray, por ejemplo, y desde luego, Shakespeare. Los llamados Poetas de la Decadencia (aunque aquí cabe la pregunta, ¿cuándo ha estado el mundo libre de decadencia?), en sus protestas en contra del materialismo, han abierto también, hasta cierto punto, el camino para el Arte del Té. Es quizá en nuestro tiempo, en nuestra modesta contemplación de lo Imperfecto, que Oriente y Occidente pueden reunirse en mutuo consuelo.

  Los taoístas relatan que en el gran principio, en el No-Principio, el espíritu y la materia se encontraron en un combate a muerte. Al final el Emperador Amarillo, el Señor del Cielo, triunfó sobre Shuyong, el demonio de la oscuridad. Éste, en su agonía, golpeó su cabeza contra la bóveda celeste y rompió el jade del cielo. Desconsolado, el Emperador Amarillo buscó quién pudiera reparar los cielos. Su búsqueda no fue en vano. Del Mar Oriental se alzó una reina, la divina Niu Wa, con una tiara en su cabeza y cola de dragón, resplandeciente en su armadura de fuego. Tomó el arcoiris, lo fundió en su caldero sagrado y reparó el cielo con él. Pero también se dice que Niu Wa se olvidó de llenar dos pequeñas fisuras en el firmamento, y es entonces que empezó la dualidad del amor – dos almas que viajan por el espacio sin descansar jamás hasta encontrarse para completar el universo. Y es entonces por esto que todos tienen que reconstruir su cielo de esperanza.

  El cielo de la moderna humanidad está de hecho resquebrajado una vez más, en medio del ciclópeo esfuerzo por alcanzar la riqueza y el poder. El mundo anda a tientas bajo la sombra del egoísmo y la vulgaridad. El conocimiento es comprado a expensas de nuestra culpa, y la benevolencia se practica sólo en base a su utilidad. Oriente y Occidente, como dos dragones arrojados en un mar en fermentación, se afanan en vano para recobrar la joya de la vida. Necesitamos a Niu Wa de nuevo para reparar esta gran devastación, y esperamos quizá la aparición de un gran avatar.

  Pero mientras tanto, tomemos un sorbo de té. El brillo del atardecer ilumina los bambúes, las fuentes cantan con alegría, y un sonido como el murmullo de los pinos ya se escucha en la tetera. Soñemos con lo efímero, y habitemos por un momento en la hermosa simpleza de las cosas.”

Como todos los buenos libros, ‘El Libro del Té’ parece haber sido escrito ayer, con nuestro mundo contemporáneo en mente. El extracto anterior es del primer capítulo del libro, ‘La Copa de la Humanidad’, y fue escrito por el autor japonés Kakuzo Okakura en 1906.  Las mismas observaciones son hechas en todo tiempo por las mentes claras, como más adelante, en su capítulo de ‘Elogio de las Flores’ donde dice:


  “Díganme, flores gentiles, lágrimas de estrellas de pie en el jardín, meneando sus cabezas ante las abejas que cantan del rocío y de los rayos de sol, díganme ¿están conscientes del aterrador destino que las espera? Sueñen, regocíjense mientras puedan, en la suave brisa del verano. Mañana, una mano despiadada se cerrará alrededor de sus cuellos. Serán arrancadas, destrozadas parte a parte y arrebatadas de su hogar callado.”

pareciendo hacer eco de ese soneto del s. XVII en el que Sor Juana ve a la rosa como el mismo ejemplo de efímero y sagrado gozo:

Rosa divina que en gentil cultura
eres, con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura.
  Amago de la humana arquitectura,         
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.

  ¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,     
y luego desmayada y encogida,
  de tu caduco ser das mustias señas,
con que con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!

No hay comentarios:

Publicar un comentario