jueves, 14 de noviembre de 2013

De porqué le voy a Pittsburgh y odio a Dallas



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Como muchos otros mexicanos aficionados al futbol americano, me gusta el equipo de los Acereros de Pittsburgh y odio a los Vaqueros de Dallas, así como la otra mitad de los aficionados tienen exactamente la preferencia contraria. Y he aquí mi porqué:

   No hay ningún buen porqué. Es algo totalmente arbitrario e injustificado. No tiene ningún sentido.

No digo que sea injustificado y arbitrario en todo caso: para la gente que vive en esas ciudades, es el instinto tribal que los empuja con ese eterno ‘nosotros contra ellos’, que seguimos siendo cavernícolas postmodernos al fin y al cabo.

¿Pero cuál es la justificación para un mexicano como yo, de querer que un equipo de una ciudad que no conozco, le gane a otro equipo de otra ciudad que tampoco conozco? Es razonable en cuanto a los equipos locales de futbol o basquebol o lo que sea, pero no en esto; y habemos muchos mexicanos en esta situación.

Lo dicho: somos cavernícolas con cerebros que nos piden ‘tomar partido’, aunque ambos bandos no tengan relación alguna con nosotros. He aquí mi historia personal de por qué escogía a Pittsburgh y no a Seattle ó a Denver:

En la primaria, era un ‘nerd’, aunque en aquellos tiempos aún no usábamos la palabra. El caso es que como buen nerd, tenía un interés absolutamente nulo en ver deportes. Una vez me expulsaron del equipo de soccer porque, como portero (posición en la que me habían puesto contra mi voluntad, dicho sea de paso) me metieron el gol más fácil de la historia por olvidarme por completo del partido y haberme puesto a dibujar naves espaciales en la arena con un palo de madera. 

Las conversaciones de mis compañeros eran como escuchar ruso. Que si Totoño era mejor que Pata Bendita o que si Tomás Boy tal o cual cosa… recuerdo esos nombres porque me parecieron graciosos (eran jugadores de los 70s de soccer mexicano) pero no tenía ni la más remota idea de qué había detrás de todo eso. En mi casa, además, no había ningún aficionado al soccer y de hecho mi padre lo detestaba, no por el juego en sí sino por la fanatización que seguido me repetía que produce en los que lo ven. Y no es que entendiera muy bien esa palabra de ‘fanatización’  a los 7 años, pero dicha como la decía mi padre me parecía que debía ser bastante mala. Así que dos razones para no importarme el juego.

Pero la ‘presión de pares’ es fuerte. Es la que nos hace fumar el primer cigarrillo y tomar el primer trago de alcohol a los 13 años aunque ambos nos sepan a regurgitaciones del demonio. En fin, que para quinto de primaria notaba que TENÍA que tener alguna afición deportiva si no quería perderme un buen pedazo de conversaciones y de interacciones con mis compañeros. Y viviendo en Monterrey, donde hay una afición bastante importante hacia el futbol americano, decidí que esa era buena opción. Además porque nunca le había escuchado a mi padre decir nada - ni a favor ni en contra - de ese juego. 

Una vez decidido que mi ‘deporte favorito’ sería el futbol americano, había por supuesto que decidir sobre un equipo favorito y empezar a comprar barajas para intercambiar y para aprender un par de nombres de jugadores, de preferencia. Mis compañeros también hablaban de Tony Dorsett ó de Terry Bradshaw como si fueran sus tíos, así que me tenía que poner al corriente.

Pero ¿cómo decidir? Eran 28 equipos, acerca de los cuales no sabía absolutamente nada. Así que pregunté lo que cualquier niño de 8 años se pregunta para decidir:

  ¿Cuál es el casco que más me gusta?

Y así nació el amor por Pittsburgh. ¡Ah, un casco negro, qué cool! ¡Con estrellitas! ¡Y sólo tiene el logo en un lado, nadie más lo tiene así! Genial. Pittsburgh ha de ser.

Luego, cuando decía que mi equipo favorito era Pittsburgh, me empecé a enterar de que de hecho era una buena opción: era un equipo bueno, con campeonatos y grandes jugadores y toda la cosa. ¡Así que había elegido bien! ¿Qué tal? Primer refuerzo de mi buen juicio.

Con el tiempo, de hecho me puse a ver los partidos y a medio aprender las reglas y ya para cuando tenía 18, era un fan hecho y derecho de los Acereros y por supuesto, detestaba a esos rivales de toda la vida, los Vaqueros. Esos Vaqueros a quienes no elegí quizá porque sólo tenían una estrella en su casco en lugar de tres, o porque tenían la osadía de usar gris y azul, una combinación que no me llenaba el ojo.

¿Suena racional hasta aquí? 

¡Por supuesto que no! Pero así se va haciendo el pensamiento, y cada vez más fuerte, hasta llegar a apostar y perder dinero real por un equipo que elegí al azar a los 8 años porque vi estrellitas de colores en su casco. Y no, no es en absoluto parecido a un apostador que juega para ganar dinero sin importar a qué equipo le apuesta, sino estar fanatizado al punto de no querer que nadie más gane más que el ‘propio’ equipo, de una ciudad que sigo sin conocer y a la que de hecho no tengo planes de ir.

Mi padre tenía razón.

El problema no es ningún deporte en sí mismo - y de hecho puede ser cualquier cosa que active ese instinto básico y tribal de ‘nosotros contra ellos’. El problema es esa parte cavernícola de nuestra mente que nos hace fanatizarnos con facilidad y que a lo largo de la historia nos ha hecho hacer toda clase de barbaridades en el nombre de algo o alguien que no conocemos y que nunca hemos tenido cerca. 

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