martes, 6 de mayo de 2014

No, no respeto tu opinión






Hay muchas formas de ver las cosas. Pero, contrario a la percepción general moderna, esa que está contaminada de “corrección política” innecesaria: no, no todas las formas de ver las cosas son válidas. Las opiniones, dicen, son como los ombligos: todo mundo tiene una. Pero cuando se agrega la segunda parte de “… y hay que respetarla” es cuando me empieza a dar urticaria en la conciencia, así como cuando oigo estas otras en el mismo tenor:

“Cada cabeza es un mundo”;  “No existe lo objetivo”.

Sé que lo políticamente correcto es decir “No comparto tu opinión”, pero ¿por qué no decirle al pan, pan? NO RESPETO TU OPINIÓN. 

Claro, hay que respetar - o más bien aceptar - EL HECHO de que todo mundo tiene su opinión, pero de eso no sigue que haya que respetar toda opinión en sí misma. Hay opiniones objetivamente estúpidas y lesivas, o simplemente hipócritas. No veo por qué haya que respetarlas.

Ahora bien, no hablemos de creencias religiosas, que es otro tema aparte y mucho más espinoso: hablemos de opiniones en cuanto al deber, en cuanto a la acción respecto a una situación, que puede o no provenir de una forma religiosa de ver el mundo.

Alguien puede ser de la opinión de que la pornografía infantil es aceptable; o que la esclavitud es justificable. Sí, es muy su opinión, pero yo de ninguna manera estoy obligado a respetarla. De hecho, como miembro de una sociedad con cierto número de convenciones ampliamente aceptadas, estoy obligado a estar en contra. Cierto que no se llega a la Verdad por democracia, porque como sociedad aceptamos sin chistar un montón de idioteces, pero también es cierto que la evolución del ser humano, en específico como ser social, nos lleva a adoptar ciertas medidas que convienen a todos, aunque dichas medidas vayan cambiando con el tiempo porque los valores van evolucionando de forma natural.

Alguien puede argumentar desde el relativismo y decir que las cosas sólo son buenas o malas porque el hombre - con sus valores cambiantes - así lo decide en un lugar y un tiempo, pero no son buenas ni malas en sí mismas. Y puede ser que desde un punto de vista trascendente o cósmico o puramente natural, sí puede ser debatido este punto. Pero sucede que somos seres humanos y no estrellas ni montañas, y vivimos en sociedad y no flotando como electrones en nébulas, así que mi opinión es forzosamente humana y circunscrita a lo social.

Podemos tomar la tesis del “todo es relativo” y ponerla a prueba, pero no con platitudes y ejemplos comunes a la experiencia, sino en los extremos, que es como se prueba cualquier cosa. Digamos que dos jóvenes son tomados al azar. No son especialmente violentos, ni generosos, ni nada en específico. Son, digamos, ‘normales’. A cada uno se le toma y durante años no se les da a leer más que un solo tema a cada uno: al primero, nada más que libros de filosofía y de ciencia; al segundo, nada más que libros pornográficos y novelas rosas.

Una dieta de uno y de otro a largo plazo, ¿qué mentalidad provocan? ¿O podemos pensar que el relativista contestará que no hay diferencia? Creo que sería difícil sostener tal posición; incluso si aceptamos que ninguno de los dos va a convertirse ni en un santo ni en un depravado activo, podemos extrapolar a partir de nuestra experiencia - porque todos estamos expuestos a un gran rango de “alimentos mentales” - que objetivamente hay cosas más deseables que otras en cuanto a lo que llamamos “formación moral”, o Ética. Tampoco se puede argumentar que “hay quien es resistente”, porque aunque es verdad en lo particular, no lo es en lo general, y tan no lo es, que esa es la razón por la que la industria de la publicidad, que mueve miles de millones de dólares, no ha quebrado ni quebrará jamás: porque el adoctrinamiento simplemente funciona.

Tampoco hay que irse de un lado solamente, pensando que sólo se deben permitir las “buenas lecturas” porque de ahí a la censura totalitaria se llega directo; pero es privilegio de quien ha logrado cierto grado de discernimiento, el poder decir que puede disfrutar de la basura de vez en cuando.

En la película Finding Forrester, de Sean Connery, hay un buen ejemplo: el joven estudiante Jamal Wallace por casualidad conoce al escritor retirado William Forrester, que vive recluido en su apartamento lleno de libros. En una ocasión, Jamal llega y encuentra a Forrester leyendo una copia del National Enquirer, lo que lo sorprende mucho porque es un periódico amarillista de lo peor, y los libreros del escritor están llenos de literatura de calidad. Cuando le pregunta por qué, Forrester (y esto por favor imagínelo el lector con la inimitable voz de Connery) responde:

- El Times es la cena, y el National Inquirer es el postre.


ROUSSEAU Y VOLTAIRE: ENEMIGOS ÍNTIMOS


Para estas alturas el lector seguro se preguntará qué diablos tiene que ver la imagen infamemente photoshopeada de principio del artículo. Y la respuesta es que Rousseau y Voltaire dieron ejemplos del respeto de la opinión ajena, de sus límites, y de la fina línea que divide idealismo e hipocresía.

Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) es un famoso pensador de la época de la Revolución Francesa, que influyó muchísimo en la filosofía de su tiempo y la de siglos siguientes. Entre sus obras, “Emilio, o La Educación” es una de las más importantes, y es precursora de movimientos como el Montessori, siendo una de las primeras en oponerse a la educación rígida e inflexible y proponiendo la libertad de exploración del niño. Uno podría pensar que semejante autor sería un padre excepcional. Y de hecho sí, si por “excepcional” entendemos  “alguien que abandona a sus hijos en el orfanato.” Porque eso es lo que hizo Rousseau con los CINCO hijos que le dio su pareja, Therese Levasseur. Los entrgó al orfanato.

Voltaire (1694-1778), que era enemigo jurado de Rousseau, lo denunció públicamente por abandonar a sus hijos a las puertas del orfanato, a lo que Rousseau increíblemente - y de forma patética - contestó que “nunca los había abandonado en la puerta, sino que los había llevado dentro.”

WOW.  Qué bestia, la verdad.

Ciertamente es difícil descalificar la obra completa de Rousseau, porque leída objetivamente, es revolucionaria y brillante, pero enterándose de estas cosas, no hay manera de evitar matizar bastante la admiración por el autor.

Y ahora pasemos a Voltaire, ese famosísimo librepensador a quien se le atribuye la frase de “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu libertad para decirlo.” De hecho él nunca escribió eso, sino su biógrafa Evelyn Beatrice Hall, pero bien la pudo haber dicho porque era un acérrimo enemigo de la censura de todo tipo. Bueno… de todo tipo EXCEPTO en contra de Rousseau.

Voltaire odiaba a Rousseau como ideólogo, y ya había escrito que su obra maestra, El Contrato Social, no era más que “un librito escrito por un antisocial.” Pero cuando Rousseau publicó su obra Cartas Escritas Desde la Montaña, a Voltaire le pareció tan mala e insidiosa que le dijo a uno de los aristócratas de la ciudad que había que quemarlo.

Sí, quemar un libro. Dicho por el campeón de la Libre Expresión. De hecho, Voltaire le escribió al miembro del Consejo de la Ciudad diciéndole que “… se le debe castigar con todo el peso de la ley… como a un subversivo que blasfema contra Jesucristo y que quiere destruir a su país disfrazado de ciudadano.”  Para ser justos, la parte de Jesucristo está escrita pensando en que el receptor de esas líneas era una persona muy religiosa; pero el resto es realmente alarmante viniendo de quien viene.


El caso es que hay un nivel muy alto de complejidad en las relaciones humanas, y las cosas que pensamos y decimos difícilmente son siempre absolutas: podemos pensar que respetamos un principio, pero las diferentes situaciones nos pueden hacer ver que las palabras muchas veces no son adecuadas para dar vestido a nuestras ideas. A veces hay que tener el valor de decir “esto es una estupidez”, también a veces hay que hacer espacio para la flexibilidad de un “excepto cuando…”, a veces hay que optar por el silencio. Y en toda ocasión, hay que ver cómo se relacionan las cosas que creemos con las que expresamos en palabras o en acciones.

Bueno, ¡esa es mi opinión!



3 comentarios:

  1. Alfonso: Sería interesante precisar las consecuencias de "respetar una opinión", es decir, qué implica, a qué lleva.
    Siempre me ha parecido una actitud "política" sin trascendencia. Porque, "yo respeto tu opinión"... Y???

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  2. Así es, totalmente de acuerdo. Es más una postura para mostrar "qué abierto soy" que para actuar en concordancia.

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  3. Si sin duda ! Yo respeto algunas opiniones aun si no estoy de acuerdo pero las ideas lesivas , la religion fanatizante y otras estupideces como loso vnis la homeopatia o los que no se vacunan son realmente PELIGROSOS

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