miércoles, 25 de junio de 2014

Ozymandias y otras visiones de lo efímero




Quizá en segundo lugar después de el Amor, el tema más constante de los poetas es el de lo Efímero, una preocupación compartida con filósofos, hombres de ciencia y todo el resto de nosotros. Y me atrevo de decir que más que el amor, el lenguaje de esta conciencia de lo impermanente nos une: lo inevitable de lo mortal, el anhelo de la trascendencia, una tensión inescapable que juega en nuestra mirada y en lo que edificamos. 

Como este sentimiento ha sido plasmado incontables veces, pongo aquí solamente cuatro ejemplos, dispares de origen. El primero lo había citado ya antes, un fragmento de un poema de los Cantos de Huejotzingo (México, ca. s. XVI):

¿Solo así he de irme?
¿Como las flores que perecieron?
¿Nada quedará en mi nombre?
¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!

Que al menos queden cantos, que al menos queden flores: la flor, un símbolo en sí mismo de lo fugaz, como lo dice Sor Juana en su soneto ‘A Una Rosa’:
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas.

La melancolía de lo transitorio no tiene por qué oscurecer la esperanza del entendimiento. Aunque en nuestra mente pesan sentencias de siglos como la de Eclesiastés 2:11:

   “Consideré luego todas las obras que mis manos habían hecho y el trabajo en que me había empeñado, y he aquí: todo era vanidad y afanarse tras el viento.”

…hasta divagaciones modernas como Dust in the Wind, que nos dicen que todo se derrumba, ¿no vemos al mismo tiempo la trascendencia en aquellos que han visto más allá que la mayoría, y que han compartido algo con el resto de nosotros? Paul Dirac, uno de los científicos más importantes del siglo XX, no escribió poemas ni tratados filosóficos, pero la ‘Ecuación de Dirac’, una de las más bellas, trascendentes e importantes de la física moderna,  hace que podamos explorar el espacio y el interior de los átomos. Dirac vio algo, entendió algo de la estructura misma de la realidad, y ese entendimiento está en su lápida:



Por la parte melancólica de nuevo, está Percy Shelley y uno de los poemas más famosos de la lengua inglesa: Ozymandias, en el que plasma una de las imágenes más terriblemente bellas de lo impermanente:

   Conocí a un viajero de una tierra antigua que dijo: “Dos enormes piernas pétreas, sin su tronco, se yerguen en el desierto. A su lado, semihundido en la arena, yace un rostro hecho pedazos. Su ceño y mueca, y desdén de frío dominio, nos dicen que su escultor comprendió bien tales pasiones, que - grabadas en estos inertes objetos - han sobrevivido tanto a las manos que las tallaron como al corazón que las alimentó.

Y en el pedestal se leen estas palabras:
‘Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!’

No queda nada a su lado. Alrededor de la decadencia de estas ruinas colosales, se extienden a lo lejos las rasas arenas solitarias; infinitas y desnudas.”


 * * *

Y como yo también quiero ser inmortal, agrego aquí con más osadía que talento, un par de visiones, la primera de la melancolía y la segunda de la esperanza que se entretejen en el corazón de los hombres:

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En las ruinas del palacio

¿Dónde está tu gloria, oh rey?
Tu palacio mudo
es visitado por los indignos, infestado de perros perezosos.
Tu gloria es un cuento a veces despreciado y a veces inspirador.
Nada permanece.
Ni siquiera el trono desde donde anunciaste tus decretos
y dictaste el destino de millones.
Millones vagan hoy entre las paredes de tu palacio
y de tu tumba.

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Una danza a veces macabra, a veces gloriosa, siempre humana:
Conquistamos cada rincón remoto y escalamos todas las cimas,
pero las arenas del tiempo se burlan borrando nuestros pasos.

Nuestros cuerpos poco a poco nos traicionan y abandonan,
pero a veces hay ecos 
  que repiten nuestros nombres por los siglos.

Aspiramos a la inmortalidad y vemos las estaciones sucederse;
construimos imperios, vemos reinos arrasados por las lágrimas.

Inmortalidad: ver nuestra alma reflejada en los ojos de un hijo.



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