jueves, 5 de febrero de 2015

Bibliomancia




El hombre siempre ha querido saber el futuro. Desde lo más sencillo y primitivo (“¿me irán a hacer mal estas hierbas si me las como?”) hasta lo más complicado (“me irá a hacer mal si le declaro la guerra al reino vecino y hago alianzas con sus enemigos, que hace 10 años también eran enemigos de mi reino?”).

Y para predecir el futuro se ha encontrado que hay infinidad de maneras: viendo signos a su alrededor e interpretándolos, de preferencia a su favor. Ningún signo o portento ha sido considerado demasiado humilde o demasiado alto para analizarse y de ahí adivinar lo que ese esquivo destino nos oculta: tripas de gallinas, guijarros en la arena, hojas de té recién tomado, mujeres refundidas en cuevas con emanaciones alucinógenas, cometas inesperados, la parsimoniosa danza de las estrellas. Todo vale, todo sirve.

En otro lado he dicho que los oráculos son una estrategia y una trampa: un lenguaje ad hoc que puede ser interpretado e incluso útil, pero que refleja tan sólo una respuesta que ya idealmente debería estar presente en el espíritu de quien la hace, y que en realidad la última estación a la que se debe llegar, es a desecharlo y confiar en el propio discernimiento.

Pero claro, eso se dice más fácil que lo que se hace. Un oráculo es más atractivo. Intentar adivinar el futuro y correr ese velo misterioso –con tan sólo ver cómo caen unos palitos en el suelo o las figuras que forma el humo de una varita de incienso frente a un espejo con un marco hermosamente tallado– es siempre más tentador que sentarse a pensar con cuidado hasta encontrar la solución de un problema. Además hay que pagar por el incienso y el experto intérprete del humo, y por pasar media hora entretenidos y asombrados en su salón a media luz y con algunas místicas campanas sonando de fondo; y si estamos pagando por algo –generosamente–, es que nos van a dar lo que nuestro dinero vale, y así nos tienen que parecer de valiosas las respuestas, aunque sean las mismas para todos los que van a preguntar. Por otro lado, al sentarnos a pensar en un sillón a divagar, nos parece que estamos simplemente perdiendo el tiempo de forma vil.

En suma, que no confiamos en nuestras propias fuerzas mentales. Y como rara vez estamos en disposición de meditar con tenacidad, y casi siempre estamos en disposición de ser entretenidos, no es difícil saber por qué la adivinación nunca dejará de ser popular.

Ahora bien, hay adivinaciones más respetables que otras.

De entre todas las cosas que se han usado para hacerle trampa a la diosa Fortuna, la bibliomancia es quizá la forma más sofisticada, y siempre preferida por la clase aristocrática. Se refiere a la consulta de libros sagrados o por lo menos con un alto grado de respetabilidad, y con el tiempo se refirió en particular a la Biblia. Por supuesto, qué va a ser lo mismo decirle a un brujo con un hueso atravesado en las narices que aviente huesos de pollo en su patio trasero, a consultar un delicado texto escrito a mano por monjes encorvados y medio ciegos de tanto hacer hermosas caligrafías e ilustraciones: un pasaje abierto al azar, y tenemos palabras de sabiduría prêt-à-porter.

Nada qué ver.

En tiempos de los romanos, dichas consultas se llamaban Sortes, y se llegaron a consultar de esta forma las obras de Homero y de Virgilio. En Persia, el texto por excelencia (hasta la fecha) es el Divan, que es un hermoso poemario del poeta Hafiz; y en China está el famoso I Ching, que es como el decano de la adivinación. Pero en Europa, con el ascenso de la popularidad del cristianismo, la Biblia fue el texto obligado para consultar en épocas de trepidación del alma o de algún asunto de herencias que se salía de cauce, y la práctica se denominó Sortes Sanctorum.  

Que si me preguntan, me parece que es más grato para el alma esa rapsodomancia de los persas, o sea la rama de la adivinación que usa textos poéticos para sus consultas, y más con poetas como Hafiz que no importa lo que le preguntemos, nos va a contestar con amor, perfumes, exaltaciones, vinos y los brazos de la amada. ¿Alguien quiere más respuestas que esas? Para ser justos, las Sortes Sanctorum en principio usaban los libros más amables, como los Salmos; porque la Biblia como la conocemos tomó mucho tiempo, selección, censura, Undo’s y discusiones bizantinas.

Pero como en Europa y Occidente en general nos dio por ser unos puritanos o miedosos o neuróticos de todo tipo, la práctica que siempre fue muy popular, comenzó a ser demonizada, porque dale tiempo a un obsesivo sin sentido del humor ni de la estética, y despotrica contra cualquier cosa. Y cuando uno –o varios – de esos neuróticos celosos y recalcitrantes, se dio cuenta que en el fatídico Deuteronomio 18:10 se prohíbe con no poca vehemencia la adivinación, ni tardo ni perezoso se lo hizo saber a la jerarquía y la burocracia responsable, para que le hicieran saber al respetable que no se debía consultar la palabra de Dios tan a la ligera. Así que la tradición se fue perdiendo, y he aquí que por esa insondable hondura que tiene el espíritu humano para darle cabida a cuanta cosa se arroje en ella por disímil que sea de las que ya están asentadas en su interior, no es raro ver a una buena conciencia cristiana ir a consultar unas barajas gitanas o pedir a un médium que le dé el recado más reciente de su querido tío que se le adelantó en el viaje final, y rechazar abrir de vez en cuando el libro de Proverbios.

Lo cual es una pena, porque los referidos neuróticos fundamentalistas habrían hecho bien en estudiar más filología y salir un poco a que les diera el aire y platicar como gente normal; ya que el referido pasaje de Deuteronomio  –con lo infame que es en general ese libro, en su tono reprobatorio y de fuego y azufre– lo que quiere decir es más bien razonable: primero, que se prohíbe la necromancia, que es hablar con los muertos, porque todos sabemos cómo termina cualquier película donde un grupo de adolescentes se pone a jugar con una ouija; y lo otro que se prohíbe son los encantamientos y la interpretación de portentos, o sea el equivalente de aquel entonces de ponerle toloache al marido, y de decir cada dos por tres que se va a acabar el mundo porque viene el virus del milenio o porque hay calentamiento global. Probablemente. Pero abrir inocentemente un libro –y en especial sagrado– para consultar, definitivamente no está tipificado como ofensa que acarrea el tercer círculo del infierno.

Pero en fin. Quizá es para bien. La verdad es que con lo heterogéneos que son los libros de la Biblia, y con las abismales variaciones de tono entre, digamos, algo tan dulce como el Sermón de la Montaña y algo tan bárbaro como Jueces, mejor no abrirlo así a la ligera. Digo yo, para evitar recibir consejos por lo menos confusos como el que me salió el otro día, que abrí el venerable libro y para mala suerte leo a  Mateo 27:5,  o sea:

    “Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.”

Pensando que quizá no estaba consultando con el fervor adecuado, cerré el tomo y volví a abrirlo, pero no fue ningún consuelo leer a 1 Pedro 2:21:

   “Pues para esto fuisteis llamados.”

Um. A la próxima me limito al Cantar de los Cantares.





VIDEO DEL DÍA


Somewhere in Dreamland (1936), de los hermanos Dave y Max Flesicher, es un corto animado basado en una canción del mismo nombre y con el tema de la esperanza y la generosidad, en medio de la pobreza de la Gran Depresión de los 30s. El corto es muy hermoso y además técnicamente significativo en la historia del desarrollo del Technicolor:




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