martes, 21 de abril de 2015

Definiendo el amor (como Yin-Yang)




"La fe es, al mismo tiempo, absolutamente necesaria y completamente imposible." 
-- Stanisław Lem

¿De cuántas maneras han descrito el amor los poetas? Seguramente de tantas formas como poetas ha habido, pues el amor es como el agua, que llega y toma la forma del recipiente que lo contiene. Las altas pasiones, el arrebato y la desesperación; el erotismo salvaje ó tierno; la suave rutina de los años ó la sublimación en vuelos simbólicos, son sólo algunas de las vestiduras que toma. Y eso es tan sólo hablando del amor romántico, que no es sino una pequeña fracción de todo el amor que existe: el del amigo, el de una madre, el del patriota tienen imágenes igualmente variopintas, si bien le van a la zaga en volumen de palabras a él cantadas.
¿Quién tendrá la última palabra para definirlo? Nadie, nunca; pues la verdad se encarna en cada par de ojos y se expresa con diferentes inflexiones en cada pluma que baila sobre el papel. Así por ejemplo el atormentado Poe escribe que “Todo cuanto amé, lo amé en soledad” (All I lov'd—I lov'd alone), mientras que Aristóteles dice que “El amor es un alma que habita en dos cuerpos”. De forma más bien clínica, Cicerón asegura que “El amor es un deseo de afinidad que nace de la belleza del objeto contemplado”; mientras que su contemporáneo, Marcial, hace énfasis en una cualidad más humana: el ideal de vencer el obstáculo y de mantener una cierta distancia que atice el deseo, diciendo: “Gala, recházame; pues el gozo del amor se satura si no le acompaña la dificultad”.
Otras veces el amor es visto con menos anhelo y más sospecha, como cuando el griego Agesilao dice que “La prudencia y el amor no pueden vivir juntos”; o bien con la famosa pregunta hecha por un joven al filósofo estoico Panecio: ¿Es bueno que un sabio se enamore? A la que el pensador contestó: “Dejemos que el sabio vea tal cosa, pero tú y yo, que no lo somos, evitemos involucrarnos en un asunto tan violento y turbio, que nos esclaviza a otros y nos hace despreciables a nuestros propios ojos”. Sócrates, de forma mucho menos romántica que Aristóteles, dice también que “El amor es el deseo de generación, mediado por la belleza”.
El locuaz Rabelais asegura que “El amor es una cosa maravillosamente pavorosa”, mientras que Goethe, en un arrebato romántico quizá más galo que teutón, dice que “Esta es la verdadera prueba del amor: cuando pensamos que sólo nosotros podemos amar, que nunca nadie ha amado de esta manera y que nunca más nadie lo volverá a hacer así”.

Y luego, por supuesto, están las historias. Por un lado los amores trágicos, esos que ciegan de pasión y que terminan en separación ó tragedia: Tristán e Isolda, el Boyero y la Tejedora Celestial, Ginebra y Lancelot, Romeo y Julieta. Y por el otro los cuentos de quienes viven su vida en un fuego que ya no destruye sino que es una brasa que siempre mantiene su calor, y los amantes encuentran esa rara joya de ver con placidez cómo van envejeciendo.
Los poetas tampoco tienen para cuándo terminar y alejados de los pensadores o de las historias arquetípicas, aún menos intentan dar una definición última sino más bien una infinidad de imágenes diversas e incompatibles entre sí, pero que son ciertas en sí mismas, en cada momento; de la misma forma que una foto retrata fielmente el momento de la carcajada ó de la lágrima. Así se desespera Neruda en su canción:
Abandonado como los muelles en el alba.
Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.
Ah, más allá de todo. Ah, más allá de todo.
Es la hora de partir. ¡Oh abandonado!
Mientras que Griselda Álvarez dice en un momento de gozo y de contento:
Amor, amante, amado, yo te digo
con letras rojas toda mi alegría.
Contigo hasta la pena gozaría,
sin ti la dicha fuérame castigo.
Lo efímero y lo eterno es otra contraposición que el tema invita, y ya de pronto el amor es uno u otro. Shakespeare, por ejemplo, habla de ambos en sus sonetos, y aquí me permito traducir dos de ellos con más buena voluntad que talento. Mientras que en su hermoso soneto 116 habla de la inamovilidad del amor:
El amor no es amor
Si cuando encuentra obstáculos se altera,
o si vacila ante la duda del amante.
El amor es aquel faro constante
que encara tempestades con bravura;
es astro que da norte a vela errante,
cuyo valor se ignora, aunque se vea su altura.

En el soneto 147 habla con amargura de lo que fue sólo un espejismo que lo lleva a perder los estribos:

Mi amor es como fiebre, que se afana
en buscar aquello que a la fiebre atiza;
custodiando luego esta dolencia vana,
nutriendo un fuego que no es sino ceniza.

La Razón, esa noble terapeuta,
enojada porque ignoro su consejo,
se ha ido, porque solo me arrepienta
y que vea la muerte en el espejo.

Mas mi congoja ya no tiene cura,
y no escucha reclamos mi cordura;
mis palabras son ya las de un demente,

expresadas sin tino y cual reproche;
pues juré que eras brillante y eras pura,
cuando tu alma es más negra que la noche.

Pero el lector avezado notará que en el segundo soneto citado, el bardo no habla del amor, digamos, “real”, ó puro, sino de su distorsión a través de la pasión. Esta mezcla, desde luego, es inevitable y es la más humana forma de hablar de él: a través de la forma que provee nuestro recipiente, una “Colección de contradicciones” como quiere Montaigne. Y Sor Juana, esa suprema maestra del soneto, retrata esa actitud mejor que nadie:
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor hallo diamante; 
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo:
si ruego aquél, mi pundonor enojo: 
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.

Así unos tienen el corazón que les estalla de alegría, otros lloran amargamente y otros más caminan despacio después de muchos años de pruebas ya dejadas atrás. Algunos sueñan, otros se afanan, todos tienen una palabra propia para describirse. A veces todos ellos son uno solo.
Y todos se toman esa instantánea fiel.
Mas ¿quién podrá definirlo? Nadie, nunca. Aunque si me preguntan a mí, diría que Quevedo, precisamente en su soneto “Definiendo el amor”, hace una pintura magistral de su naturaleza esquiva, que encarna en tantas formas como almas han caminado por el mundo:
Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo,
enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es tu abismo:
mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo.



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