lunes, 4 de mayo de 2015

Las extrañas transacciones en el mercado del sexo




“En la búsqueda despiadada de metas sexuales, hombres y mujeres denigran a sus rivales, engañan a los miembros del sexo opuesto y trastornan a los de su propio género.”

Esa afirmación aparece en la contraportada del libro “La Evolución del Deseo”, de David Buss, que es un investigador de la evolución de la conducta humana y que aparentemente piensa que la humanidad es un episodio interminable de Desperate Housewives.

El estudio de la genética ha sido revolucionario, sin lugar a dudas. Pero como tenemos esa tendencia a abusar de todo lo que tenemos, esta rama del conocimiento no ha sido la excepción. Me refiero a una tesis que dice que “tenemos cerebros de la Edad de Piedra viviendo en sociedades tecnológicas”. Con un poco más de detalle: los procesos evolutivos requieren de periodos de tiempo larguísimos, de manera que el último gran salto evolutivo que hizo al hombre moderno y lo separó de los demás homínidos —la expansión de su cerebro— culminó hace más o menos medio millón de años. Esto quiere decir de cierta forma que muchas de las funciones (y conductas) desarrolladas por nuestros cerebros de hecho fueron adaptadas para la vida de las cavernas; y de ahí que la moderna ciencia llamada “sicología evolutiva” se haya dado a la tarea de encontrar algún equivalente rupestre de todas nuestras conductas diarias.

Aunque debe haber parte de cierto en este atavismo genético, me parece que hay más que eso en las explicaciones a veces surrealistas que se proponen. Cierto que somos animales hiper-evolucionados, pero no todo es genética. La parte sociocultural también forma parte de la evolución humana, y como propone el filósofo John Dupré, nuestra evolución no es simplemente la acumulación de genes, sino que “el cerebro humano evoluciona a la velocidad del cambio cultural” y que hemos llegado a convertirnos en seres para quienes no es posible decir que cada pequeña conducta es un reflejo necesario de un cavernícola que sólo quiere sobrevivir y cumplir con imperativos evolutivos.

Las explicaciones que estos entusiastas del imperio absoluto de los genes a veces comparan las acciones del hombre con las de insectos ó pájaros, cuando no están explicando que el estar en un bar de solteros ó coquetear por internet no son más que conductas primitivas y rituales de apareamiento ciego. 

Por ejemplo, Buss dice que “las mujeres, como algunos pájaros, prefieren a machos con nidos bien construidos”; ó “como el correcaminos macho que ofrece una presa, el varón ofrece sus recursos como método de atracción primaria”. Más adelante dice que “la forma humana de resolver el problema evolutivo de retener a su pareja es muy similar al de los insectos… como el llevarla a un lugar apartado en donde haya menos competidores”. Me parece que algunas de estas explicaciones son bastante forzadas o particulares de ciertas situaciones, que no se pueden generalizar al ser humano en todas sus culturas. Hay insectos que, tras copular con la hembra, cortan sus propios genitales para que la apertura reproductiva de ella quede sellada, lo que no me parece que sea una estrategia que los humanos usemos mucho, fuera de alguna película especialmente macabra.

En Sex, Evolution & Behavior” (1978) Martin Daly y Margo Wilson explican el mecanismo del esposo engañado, que luego es tomado también por Buss:

    “Si el hombre pierde el control de los recursos reproductivos de la mujer, la mata para evitar que vaya con un rival evolutivo. De esta manera, mitiga la pérdida de estatus, pues lo necesita para hallar otras oportunidades reproductivas. Esto también servirá como advertencia para otras parejas futuras.” 

Este tipo de vocabulario es realmente perturbador. No sé si dice más del humano en sí, o de cómo algunos lo quieren ver; porque es aparente que ese tipo de cálculos no entran en las decisiones que tomamos y que definitivamente no son generales. Pero otra cosa igual de inquietante es cuando se usa la teoría del “Homo Economicus” para explicar las conductas sexuales. Esto es, la idea de que el hombre no es más que un ser que calcula cómo sacar máximos beneficios con mínimos costos y que todo en su existencia es una transacción de mercado.

El mismo libro de Buss, usando biología determinista e ideas de Adam Smith, concluye que básicamente, lo que el hombre quiere es sexo con la mayor cantidad de parejas posible y que las mujeres quieren ser compensadas por ello. O sea que probablemente ve a la prostitución como la cúspide de la evolución de la conducta sexual. Hablando de las transacciones, este es el vocabulario que usa:

    “Los hombres varían mucho en la cantidad de recursos a su disposición… y harán lo posible para falsificar su valía, para hacer que la mujer acepte a un contendiente menos opulento del que normalmente aceptarían a cambio de sus favores sexuales. Además, variarán en su disposición a enfocar sus recursos a una sola pareja y su prole. El problema para la mujer es entonces el asegurar los recursos de un padre rico y dedicado, viendo las claves de su comportamiento y su afluencia.”

Y luego se embarca en una larga lista de cosas que supone universalmente deseables en toda cultura, como altura, buena ropa, labios voluptuosos y hasta una relación de 70-30 en cuanto a medidas de cintura y cadera. Luego, hablando de la fidelidad, sigue con su análisis de banquero de Wall Street, diciendo que “Peor que la muerte es el invertir los propios recursos en el resultado genético de otro hombre”.

Otros investigadores de este tipo como Randy Thornhill (1992) combinan lo biológico y lo económico para llegar a teorías que dicen, en esencia, que con la adquisición de más riqueza y estatus, los hombres tienen más acceso a todo tipo de mujeres, mientras que los pobres, con menos acceso “legítimo”, tienden a obtenerlas por medio de la violación, como una “estrategia evolutiva”, que también ven reflejada en algunas especies animales. Este tipo de conclusiones odiosas, que no hacen más que exacerbar los prejuicios sociales de clase, no son más que historias adaptadas a una observación pequeña y que de ninguna forma se pueden universalizar ni pueden explicar la alta incidencia, por ejemplo, de la violación en estratos sociales altos, o de que la primera fuente sea en el entorno familiar inmediato. Son, en suma, explicaciones que usan lenguaje científico tomado de la biología y la economía pero que lo único que hacen es apoyar visiones prejuiciadas del mundo.

Seguramente mucha de la interacción social y sexual moderna puede elucidarse con analogías de uno y otro tipo; pero el hombre ha llegado a ser un ente muchísimo más diverso y complejo, así como dinámico en su evolución, de lo que se puede explicar por medio de cosas tan básicas, que no toman en cuenta la evolución de las culturas y sus interrelaciones, las ideologías y creencias, y sobre todo los ideales y la ética desarrollados a partir de todos estos factores. 

Sí somos animales; sí, tenemos poco de haber salido de las cavernas; pero démonos un poco de crédito. Tampoco somos sólo insectos ni máquinas de contar transacciones cuando vemos unos ojazos o cuando tenemos a un bebé en los brazos.



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La filosofía, sólo de mencionarla, nos parece ya un tema inentendible, llenos de conceptos raros como óntico, ontológico y epistemológico. Parece que les fascinan las esdrújulas y el rebuscamiento. Pero en el fondo las ideas no son tan extravagantes y si se tomaran la molestia de hablar como la gente común, serían más fácilmente comprensibles. Lo bueno es que hoy en día hay gente que se toma la molestia, no sólo de hablar con peras y manzanas sino además de hacer animaciones para explicar lo que quisieron decir Descartes, Kant y sus secuaces:



 

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